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Lectura de viaje: “Que la ciencia te acompañe: A luchar por tus derechos”

Lectura de viaje: “Que la ciencia te acompañe: A luchar por tus derechos”

Por: Sonia Fakiel

¿Les tocó estar alguna vez estar en una reunión familiar en la que varios parientes criticaban el aborto legal o decían que la mujer nace para cumplir un rol determinado o en la que hablaban mal de alguien que había engordado? Seguro que les pasó muchas veces, incluso con gente de su edad, y no pudieron resistir comenzar acaloradas discusiones que terminaron en peleas. También es posible que, en algún momento de estas, se hayan quedado cortos de argumentos. Sabían que hay mucho que decir al respecto, pero les faltaban números y datos que respaldaran sus opiniones. El libro “Que la ciencia te acompañe: A luchar por tus derechos”, de Agostina Mileo*, conocida como la Barbie Científica en redes sociales, viene a darnos un montón de información científica para comprender la sociedad patriarcal en la que vivimos y, por supuesto, para ganar esos debates que se generan en los eventos familiares.

Antes de comenzar a navegar por los diferentes capítulos del libro -que tocan temas como el aborto, los orgasmos, las dietas, la menstruación, la salud, etc.- Mileo hace una aclaración fundamental: La ciencia, al igual que todos los sistemas en los que estamos inmersos, es una estructura de poder y depende de otras estructuras de poder y del orden cultural en el que está inmersa. Esto influye, por ejemplo, en qué temáticas se estudian y en cuán crítica es, o no es, del status quo.

Según relata Mileo, en el mundo falocéntrico en el que vivimos, en el que la sexualidad está centrada en lo que le ocurre al pene, recién en el año 1966 se publicó un libro sobre los orgasmos femeninos (“La Respuesta sexual humana”, de Bill Masters y Virginia Johnson). Ellos descubrieron que, en el caso de las personas con vulva, el orgasmo es siempre clitoriano. Es increíble pensar que esto fue hace solo 54 años y que, además, este tema sigue siendo un tema tabú. Lo cierto es que aún se enseña (desde los medios, las escuelas, la pornografía, etc.) que el sexo comienza cuando el pene penetra y finaliza cuando esté eyacula. Al respecto, la autora cuente que una joven lesbiana que solo había tenido sexo con mujeres, no estaba segura de si ya había perdido o no la virginidad.

“El futuro está cargado de esperanza de desarrollar un sistema de estudio de la sexualidad femenina que no la conciba a partir de analogías con los mecanismos masculinos. Para disfrutar con plenitud, necesitamos una ciencia que grite a los cuatro vientos que las biomujeres no somos seres sin pene, sino personas con vagina”, páginas 38-39

Para oponerse a la legalización del aborto, muchas personas repiten –con poco o nulo conocimiento científico- que un feto es una vida. El enfoque, entonces, es en cuándo comienza la vida, es decir en qué momento el feto puede considerarse un ser humano. La autora expone investigaciones que demuestran que la ciencia no ha sido capaz de decir cuándo un embrión comienza a ser una persona, por lo que utilizar este argumento para legislar al respecto no tiene sentido.

“A esta altura, podemos decir que ni la ciencia ni la filosofía ofrecen respuestas unívocas acerca del momento en el que comienza la vida humana. De todas formas, ambas están de acuerdo en algo: quienes se embarazan sí son humanos con derecho a la vida”, pagina 51 “Lo cierto es que desconocemos el momento exacto en el que comienza la vida y, en consecuencia, no podemos diseñar políticas públicas cuya justificación sea una creencia personal”, página 53.

El argumento de que el aborto le causa dolor al feto, según asegura Mileo, “es una ridiculez”. Para sentir dolor, tiene que haberse desarrollado el sistema nervioso, lo cual ocurre alrededor de la semana 26 de embarazo, pero el aborto legal tiene como condición que sea realizado hasta la semana 12 o 14 en la mayoría de los países.

Bajo la premisa de que no es aceptable en la actualidad hablar abiertamente de algo tan natural como la menstruación, la autora ahonda no solo en este tabú, sino que también analiza el impacto económico, medioambiental y en la salud de los productos de gestión menstrual más usados (como las toallitas y el tampón) y presenta datos que demuestran que la copa mensual es la mejor opción en estos 3 aspectos.

“La menstruación tiene que enmascararse, corregirse y gestionarse de una manera que haga aceptables a las mujeres en un sistema patriarcal. Cuando nos digan que los productos desechables las ‘liberaron’ de las tareas manuales que implicaban fabricar, lavar o remendar los productos reutilizables, la crítica sistémica no nos permitirá conformarnos con este pequeño intercambio y nos obligará a responder que esta observación no tiene en cuenta a las mujeres que trabajar en la elaboración de estos productos y están expuestas al disulfuro de carbono en la manufactura del rayón, ni que las compañías lo hacen para ganar dinero y no para beneficiarnos”, páginas 71 y 72.

A continuación, Mileo critica cómo se estudia la eficacia de los medicamentos. Se suele tomar a un humano universal como parámetro, que por supuesto es un varón adulto. De esta forma, se autorizaron medicamentos y dosis que no son apropiadas para cuerpos femeninos. Según la autora, son muchos los que salen al mercado sin haber sido probados en mujeres, cuya talla promedio, proporción entre músculo y grasa, y hormonas son diferentes a las de los varones. Además, brinda datos sobre por qué no avanzan los estudios y pruebas de anticonceptivos masculinos y sobre que las mujeres que manifiestan dolores tienen más posibilidades de que estos sean relacionados con cuestiones emocionales y no físicas, atentando contra la calidad de la vida de estas.

“Varios estudios muestran que a las pacientes se les prescriben menos analgésicos porque se subestima su dolor, lo que podría generar retraso en los diagnósticos”, página 155.

Por supuesto que la autora no deja afuera temáticas como los cuerpos y la presión social sobre la delgadez, con datos tales como que dos de cada tres personas que sufren trastornos alimenticios son mujeres. Además, toca temas como la gordofobia y la incorrecta relación directa entre la gordura y los problemas de salud. También da datos sobre la búsqueda fallida de la neurociencia de demostrar que existen diferencias entre los cerebros femeninos y masculinos, lo cual, además, no tiene en cuenta que la identidad de género ya ha demostrado no ser binaria.

Otro tema que aborda el libro son cómo los avances tecnológicos, al igual que la medicina y la ciencia, toman como sujeto universal a los varones (por ejemplo, las mujeres tienen más chances de sufrir consecuencias más graves en un accidente automovilístico por cómo fueron configurados los cinturones de seguridad).

También ahonda en las diferencias en la educación en niñas y niños, que provocan que sean menos las mujeres que eligen adentrarse en la actividad científica.

“La asociación de la capacidad intelectual con lo masculino se convierte en un camino de explicaciones, áreas de conocimientos y puestos laborales que se nos niegan. Si además consideramos que, a las bajas expectativas salariales de un científico en nuestro país, le tenemos que descontar la brecha salarial y los obstáculos para avanzar hacia posiciones jerárquicas (basta mirar los números que publica CONICET cada año), ¿quién quiere ser científica?”, página 167.

Se trata de un libro con mucha información muy interesante que desnaturaliza, con vocabulario muy sencillo, muchas creencias sobre las mujeres, que no son ciertas y afectan nuestra calidad de vida, tanto psicológica como física. Es, sin dudas, un texto imprescindible para cualquier biblioteca feminista.

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